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G. C. Manuel

(Santo Domingo, 7 de Abril de 1961)

Libros Publicados: Historia de Almuerje (novela, 2000), Aquiles Vargas, Fantasma (novela, 1986), Los Habitantes (1986) Poemas Malos (1985) Palabra (Premio Siboney de poesía, 1984), La Mar Abierta (1981)

El amante

 

Suelta mi ojo, mirada,

déjame deberte verte.

Vierte tu cálida locura en mi vaso lento.

Derrúmbate, pared,

no interrumpas mi paso.

Déjame pasar de mí,

estallar desde mis sesos.

Pisa mi frente, cielo,

y mójame con tu agua de estrellas, noche.

Me estoy empujando hasta mi puerta;

me estoy echando de mí

como a un visitante necio.

Estoy viendo a la Luna

bajar una de sus manos y posar en ti

una caricia blanca, ¿me escuchas?

Te estoy viendo desnuda bajo la Luna, locura.

 

Hoy me rompí el hueso del oído hablando contigo.

Estoy inválido de una oreja por tu culpa.

Quizá por eso estoy viendo tantas cosas que antes

(antes..., oh tiempos de los mitos) no veía:

los locos lagos rojos de la abundancia

brillan nuevamente para mí.

Tengo certezas en mis manos cuando te palpo.

Toda tú te derrites cuando nos tocamos, y no sé

si me equivoco de seno,

pero estoy tocando el mundo,

eso que tiene justo

el tamaño de un beso.

Dame mi mano, cosa,

no me dejes tomarte.

 

Quiero rodear de nuevo tus hombros con mi brazo.

Tienes justo el tamaño de la furia, cama.

Te pido que seamos, día.

La planta saca sus pies del suelo y crece.

Estoy aquí, en ti.

Después de haber estado

veinte años a la sombra,

ardo y me consumo

en este estar alzándote en mis ojos.

Estoy en mí, desde ti,

húmedo de tus ratos,

oliendo cómo sacas un billete de ida

hacia la magia.

 

Estoy en el centro de esa vaginal maravilla

que es vivir contigo dilatadas noches.

Estamos juntos en tu mirada, ilusión.

Me engañas porque soy falso.

Devuélveme mis ojos, visión,

huye conmigo.

Dame de nuevo mis fémures, paso,

no me lleves a ninguna parte.

Quiero regalarme un cansancio,

un detenerme en mí como el último de mis latidos.

Dos bocas se tocan besándome en mi beso.

Estoy en todo lo que beso, tu cuerpo

contiene el trópico de mi cuerpo, mi mano

en tu mano toca tu tocarme.

Hay mares que huelen como huelen tus axilas:

cuando estoy en tu olor,

el mundo se arrepiente.

No me explico qué serías sin tu cuerpo:

suelta, pues, mi fuga.

Arroja mi ida lejos de ti y alejémonos más de cerca.

 

Estoy llenándome de ti, me inundo.

Tu agua ya me llega al cuello.

Bailo con tu baile, no contigo.

Entrégame mis dedos, mano,

quiero tocar la geografía del viento.

Quiero para mí tu humedad, agua. Bébeme, vaso.

Sáltame, pierna mía,

corre más allá del resto de mi cuerpo;

ve a traerme las carreras que no alcanzo,

las tardes rapidísimas en que esperar es un café.

Después, súbeme tú, viejo cuerpo mío,

escala los peldaños de mi ser y llega hasta mi puerta.

Si vienes a las cuatro, podrás tocar el timbre:

a esa hora sólo estoy yo en mí mismo.

Un taxi me ha traído de vuelta hasta tu pelo:

beso las catedrales que tu camisa sepulta.

Muerdo tu calor; mi lengua

se fríe en tus aceites. Mi cuerpo

conversa nuevamente con tu cuerpo

con peludas palabras que son casi gemidos.

Te trago, Luna,

¿no ves como brillo?

Sorbo tu luz y mi boca lo sabe.

Por eso se apresura sobre tu piel en nube,

trepanándonos a fuerza de besar y de morirse.

 

Déjame mundo,

mujer, déjame aire,

quiero seguir viviendo después de haberte amado,

para trenzarme a ti de nuevo y subir hasta nosotros.

Suelta mi ojos, mirada, ven,

déjame verte luego.

Vierte ahora tu locura sobre mí.

Tu vaso estallará en lo lleno de mi vaso,

pues de amarte ya estoy

con la piel llena de urgencias:

en prisión de amor, no hay desvarío.

 

 

À mon condor

 

 

Mientras llega tu mañana, rompe con todo;

sé tan sólo tú, aunque pagues el precio

de conocer el vacío que vive en cada sombra.

Sal de ti y ponte a amar

la primera forma bella que a tu paso encuentres.

Habítala sin dudas: tu deseo nunca miente.

Aléjate de quienes, por envidia o por prudencia,

intenten frenar tu marcha.

Conserva un buen libro, un par de amigos,

el amor a lo bello y tu inocencia.

Después vendrá la orden

que te hará morder el polvo,

y te verás cambiar hasta no reconocerte.

 

 

 

Consuelo para gotas

 

 

Camino del lago con su cuerpo a cuestas,

para al fin ir a perderse entre burbujas y peces,

ya suelta, casi pateando, un último quejido.

 

Al aire ella llamaba su máxima locura, y avanzaba

entre cardos y escolopendras, dudando,

pero qué brillo perdían cada vez más sus ojos.

 

Esa gota tuvo un día conciencia de ser agua,

y en el lago pensaba resolver su destino,

como alguien que escribe una vida ajena.

 

Hoy acude, ya sin prisa, a su última cita.

Mañana, sólo el agua la echará de menos.

 

 

Nadie está a salvo

 

 

Brilla, estrella de la hoja,

gánate esta noche peluda de gritos

sentada en mí como una visión,

púdreme el deseo.

 

Brilla y llévame de vuelta

al país de pensar la cárcel rota,

la tarde sin ventanas y la fiel amante.

 

Brilla y ruge loca de dominios,

verde en disparates y aviones miopes:

como una viuda alegre,

brilla más en tu tristeza.

 

Destruye la unidad y vive sola,

triúnfate en la muerte del poema vivido.

 

 

 

Magma ebrio

 

 

Mi cuchillo está enfermo de techos que se mueven,

y mi pobre noche llena de naranjas muertas,

llorando globos rojos se va yendo al paraíso.

Mi valium baila ahora un verde en mi barriga,

mi cuchillo se ha clavado en un pecho inmóvil.

Este es el que mató con un cuchillo a sus orígenes,

sin cenizas que poblaran de nuevo sus venganzas;

coleccionista edipo, árbol rayado en sus nubes,

toda ley sangra, todo pecado ayuda.

 

Este soy, el cuchillo que cena con las cosas,

la quimera con lentes de barro loco, el mundo.

 

Mi triste cuchi yo, el pan del génesis,

la sangría, el velo, resquicios lentos,

mi carga mala ya está inválida de los ojos

para arriba, y mi feudo cerrado al diente ardiente:

una cama que late, una espalda mordida.

 

 

Centro del mandala

 

 

Alabado sea tu hoyo, cosa que vive,

grande es el humo que no me llega,

todo lo que te late me palpita y tumba

armándome vencedor de los quicios rotos.

 

He aquí tu himen, amada muerte,

por él maté a las últimas

manos que me saludaban.

 

Alto como el mejor asesino,

mentí mi vida

mientras el mundo me veía

crecer y hacerme.

 

Ahora en tu boca pasto y bufo,

duermen los buitres que merodean mi lengua,

no hay desiertos tan dulces

como tu cueva.

 

 

 

Sutra # 255521589722118662

 

 

El tiempo de la carne es el tiempo del dolor:

la voz abierta como un chorro,

en los ojos las pisadas de un pensamiento

que se niega a existir,

el grito decapitado que se oye a sí mismo

mientras cae en su cabeza.

 

Todo el tiempo de ser es el de inventarse,

y el tiempo de inventarse es el tiempo del dolor:

tan sólo un río que se seca en otro río,

tan sólo un tiempo sumergido en otro tiempo.

 

No hay victoria para aquel que triunfe sobre el deseo.

El río sigue,

la corriente continúa mostrando su mismo rostro.

Nada es igual a la Nada en el fondo del tiempo.

 

 

 

Son las ocho

 

Lejos, la araña titiritera se ha dormido en sus hilos. En la mesa hay una mañana guardada en un frasco de jalea. ¿Ves? La mesa se ríe del sol con su agonía a cuadros. Te digo que son las ocho, desnúdate, poema. Hay tanta prisa en esos pasos forrados de ciudad como en mis dedos bajo el guante de la vida.

Se ha dormido en sus hilos la vieja araña, ¿ves? Tirita de frío la titiritera, y titilan con brillo mis glicinas negras. Hay algo que dice: «Chosonlaso», o algo así, con una voz que parece un círculo: la palabra bola, redonda adivinanza hecha de espacios y de tiempo, viene rodando a nuestra cama, nos descubre desnudos entre nosotros mismos (yo entre tú, entre mí... un lío),

 

dos cuerpos atados como para vivir

 

«Chosonlaso», nos dice, y lo repite:

 

«chosonlasochosonlasochosonlasochosonlasochosonlaso»

 

Su voz se parece a los pasos de alguien que camina en el lodo, pero está sobre nosotros. ¿La ves? ¿Puedes vivirla?

«Son las ocho», nos dice de repente, y tú me miras.

«Son las ocho», me dices. Yo callo.

«Son las ocho», te digo. ¿Callas?

 

 

 

Logos dormido

 

 

Se me durmió la voz de tanto hablar en sueños,

sonámbulo bufón.

Me están roncando todas mis palabras juntas.

 

Como una loca golondrina que sabe decir mundos

se me ha dormido la lengua en que pienso,

amo y me desarrollo.

 

Sólo cuando duermo intuyo que vivo:

mis palabras se despiertan y hablan solas.

Mi única voz se hace única

por primera vez, nuevamente.

 

Se me ha dormido el mundo en mi voz.

¿No digo nada?

 

 

 

Gloria B.

 

 

Está lloviendo en clave de sol.

Sencilla, tranquilamente,

está lloviendo.

 

Es como a veces,

el agua cae,

las aceras y las cosas

se mojan humildes con su beso húmedo,

sólo que ahora

llueve música:

un violín infantil

ingenuo

está mojándome.

Mis empapados cabellos

chorrean pipí de violonchelo.

 

Estoy oyendo cómo cae

la música y la veo

salpicar mis libros con su agua de abluciones.

Y estoy en mi cuarto, fumándome un poema,

y estoy solo, como siempre,

lentamente ahogándome

bajo la música.

 

 

 

Solológico

 

 

Ayer estuve en el Solológico: ¡Qué lugar

tan absurdo! Había paredes

enormes,

bloques de cemento, altos

muros grises.

Estaban mi mirada, las cosas y el mundo

desierto.

Estaba yo, y nadie más.

 

¡Y yo que había abierto mis paraguas,

apedreado mis ventanas,

cañoneado mis mil puertas!

¡Y yo que con perfume mis orejas había ungido

para que al entrar en ellas

alguna bella voz enloqueciera!

 

Pero sólo me vi a mí,

allí, en el Solológico,

solo como un mono sin acordeón ni bailes;

solo como un dálmata sin sus manchas;

solo como el tigre que prestó su tigresa

al león que, por su culpa, se volvió camaleón.

 

Esta noche también voy,

como todas las noches,

a decirme que esta noche

todo será diferente.

 

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Las Pelucas Delirantes, la poesía de la Generación 80 dominicana (Antología crítica). Selección, prólogo y notas de José Alejandro Peña
ISBN 0-9768868-4-7
267 Páginas
Precio $24.50 (con gastos de envío incluidos).

124 Meadow Drive * Scott Depot * WV 25560 .-Estados Unidos.-

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