Make your own free website on Tripod.com

35.jpg

Médar Serrata
Home
G. C. Manuel
Médar Serrata
Dionisio De Jesús
José Mármol
Víctor Bidó
César Augusto Zapata
Martha Rivera
Aurora Arias
Rafael Hilario Medina
Claribel Díaz
Carmen Sánchez
José Sirís
Alejandro Santana
Pastor de Moya
Sally Rodríguez
Fernando Valerio Holguín
Angela Hernández
Leopoldo Minaya
Yrene Santos
Eloy Alberto Tejera
Frank Martínez
Adrián Javier
Plinio Chahín
Miguel Antonio Jiménez
León Félix Batista
José Ignacio de la Cruz
Amable Antonio Mejía
Fernando Cabrera
Marianela Medrano
César Sánchez Beras
Tomás Castro
Miriam Ventura
Jorge Piña
Ylonka Nacidit Perdomo
José Alejandro Peña
Comprar libro
Contact Me

Médar Serrata

(Santo Domingo, 23 de Octubre de 1964)

Ha publicado: Las Piedras del Abaco (1986), Rapsodia Para Tontos (1999.

Las Piedras del Abaco.

 

Canto uno

 

 

1

 

¿Y qué fue de aquel hombre que se marchó a Nod

la tierra de nadie

que se marchó al oriente de Edén

con toda su culpa una tarde

que partió cuando el crepúsculo

extendía su azul sediento sobre rocas

y las últimas bestias salían

desafiantes y desnudas a matar?

 

Porque iban desnudos los primeros hombres

la tarde que vencieron el vértigo azul

en sus embarcaciones rústicas

y sólo azul y vértigo eran sus embarcaciones

ramas de la sangre paleolítica

con la que un hombre

hizo del destino de los hombres

una quijada de burro

 

 

2

 

 

¿Es éste el botón que basta como muestra

la trivial razón de que exista el miedo?

Busco en mi robot al duende que camina

extraer de su temblor un hueso portentoso

el sol de ese nadir la verde oscura

dulce luz que al pasar me dejó su sombra

“Era el ejército de los bárbaros

que avanzaba hacia Cartago”

Acaso un mecánico temblor en su osamenta

porque sombras las hay leves que queman

y lentos metales que no sudan

Era el rabioso torbellino de los mercenarios

¿Y quién se mantendrá firme frente al cerco

resguardando con sus uñas a la Acrópolis?

¿Dónde está Amílcar?

Era la colina de la Acrópolis

temblando ante los ojos llenos de ira

de los mercenarios

“Haces bien en dejar correr tu cólera

como un carro que rueda cuesta abajo”

decía a Matho el antiguo esclavo Spendius

y Matho cazaba buitres en las afueras de Cartago

contemplando impotente sus pétreas murallas

 

 

3

 

¿Y qué fue en fin de quien tomando a tientas

mi silencio dorsal insulso

el ojo dormido bajo mi ojo despierto

vino rastreando este minuto

en que el cuchillo y su carne se concilian?

¿Qué fue del que talló esta mano con la cera de Dédalo

su sombra recogida sobre mi risa más oscura?

¿Y qué del que puso la intención en esta mano

hundida fiel feliz hasta tu cuello?

 

 

4

 

 

Alguien arrastra a tumbos su sombra

por sobre el ruido de los autos

alguien que tiene un odio con caras

y ostenta cicatrices sonoras

alguien con dobles en todas las vitrinas

y una niña desnuda sobre ojos convulsos

un deseo enfermo y pervertido

un cuchillo con santo y señas

un hermano del que no es guarda

una herida que busca su rastro

y se reconoce a la luz de la sangre

Oh dolor prehistórico del hombre

y dicen los viejos que vino del este

pagando una culpa

 

 

5

 

Yo anduve despacio entre las cosas

cuando todo tenía nombre y adjetivo

cuando era imposible asumir la palabra

sin poner en juego sus objetos

Yo anduve muy despacio entre las cosas

impregnándoles mi hedor de asceta transitorio

y todo lo ajeno era mío

porque cada magnitud tenía su nombre

y yo era dueño de los nombres

de todas las cosas

 

 

 

6

 

 

Recuerda esto Enoc hijo

no hay pronombre más triste que ninguno

La noche empieza a ladrarnos sobre las cavernas de Nod

los hombres no regresan con su presa

La noche es la última esperanza que le resta al miedo

los hombres han de estar cansados

La noche es hermosa como huesos de mujer

limpia como el hambre que afila sus formas

los hombres Enoc

no ha sido gratuita esa flor

quemada por la sangre

 

 

7

 

Leche solar

A esta hora en que todo parece posible todo es posible

hasta entrar en la estancia de tus ojos como Pedro por su casa

oscura estancia de tus ojos donde Sócrates

rechaza la copa de cicuta

mientras la ciudad

abre sus puertas de arsénico al suicidio

¿Qué apócrifa demencia?

 

 

8

 

Hermosa la conciencia mal sentada

¿qué mano es una cosa abierta sorpresivamente

si deja caer al agua un cielo albino

el dedo pensante sobre la sien

su trágate este gesto

tantísimo gordo peyorativo material?

Uy pájaro-niño mojada pelambre

jugando sin reposo

¿Qué mano es esta cosa abierta sorpresivamente

buscando en un juguete al duende que camina?

Cristóbal Colón no partió de Puerto de Palos de Moguer

sino de la más ostensible de las miserias humanas

 

 

9

 

 

Oh dolor prehistórico del hombre

Oh sol de las tardes tropicales de los llanos

donde los primeros hombres

salieron con sus palos a matar

Dicen los viejos que es imposible

cercenar en segundos un hambre de siglos

pero entonces

¿qué fue de aquel hombre que se marcho a Nod

la tierra de nadie?

¿Qué fue de Caín el desterrado?

 

 

La permanencia

 

Reflejo de su propia imagen es el cuerpo

ventana a lo inasible

presencia que es estorbo

atropelladas formas que el calor desata

ruinas

basurero sin fin donde echar las edades

Quizás un hado adverso en vilo lo sostiene

le otorga larga vida propiedades

pasión por las quimeras

por eso sobra todo cuando nada nos falta

y una espada hecha de fuego una espada

encendida cierra el paso y un gran árbol

veloz como la dicha es el deseo

Quizás permaneciendo es como se destruye

por eso sangra más la herida que no ha sido

y el hombre se desploma bajo el peso de su sueño

Derribado así sin advertirlo

arrastrándose entre seres que no le conciernen

-el labio de la esfinge las naves la escalera-

¿cómo alzar su mano para tocar lo puro?

¿Y qué cosa es la pureza -tú que lo sabes-?

¿Qué poderosa voz traza los límites

y una espada encendida pone frente al árbol?

 

 

 

Rapsodia para tontos

 

 

Los círculos concéntricos que produjo la inmersión de la escobilla

en el agua

renovaron su antigua obsesión por lo infinito

Un círculo engendraba a otro círculo en un trazo

cuya línea sinuosa continuaría expandiéndose

como las corrientes en las profundidades marinas

La escobilla a su vez intentaba

la siniestra forma del erizo

Cuando el hombre salió a escena hace un cuarto de millón de años

ya el mar estaba allí

y el hombre lo miró maravillado

Restregó con fuerza la mancha amarillenta del inodoro

aspiró el acre olor a trementina

pensó en los griegos cantó en voz baja

El círculo y el agua aterraron a los griegos

desde el día en que Narciso

vio su imagen sonreírle desde el temblor del agua

el agua devino entonces en prisión de la imagen que se contempla

a sí misma

falsa transparencia en la que aspira regresar al origen

intacta como en la suprema perfección del círculo

reconocerse al fin y destruirse

Volvió a ver el mar por vez primera al ver su fundamento

se arrojó hacia el cielo desde las altas olas del crepúsculo marino

y en la arena tibia abandonó la huella de su pie transfigurado

-hondo vuelo sí

hacia otros mares

hacia otros vientres dónde reposar sus cabellos en desorden

y dónde penetrar la misteriosa geometría de los mundos

el orden de los seres y los signos

Si Parménides estuvo en lo cierto

y la unidad participa de lo múltiple

si lo uno y lo múltiple son en fin lo mismo

entonces ciertamente uno es igual a dos

y mi risa es doble y mi locura doble

y mi alma en este instante está rozando lo infinito

Pero los círculos se desvanecieron y el agua quedó tranquila

en el fondo

Era tiempo de limpiar los urinarios

de vaciar sus vientres casi perfectos llenos de chicles y colillas

de abandonar el canto por un momento para encender un cigarro

y sostenido sólo por la cuerda de su respiración

seguir después cantando sin separar los labios

Porque la respiración tira del canto suavemente con firmeza

y el canto se desliza

traza arcos inaudibles

gira y retrocede en su desliz vertiginoso

carente de palabras y de engaños

Así solían cantar los griegos en sus largas horas de ocio

hasta que surgió el silogismo

la causa y el efecto la medida

¿No está ya el canto llamándonos hacia su ámbito oscuro desde entonces

y como nuestros sueños más caros cayendo

vertiginosamente en el ancho dominio de lo desconocido?

¿No está el ave en nosotros ya muriendo?

Uno y dos son lo mismo y es un hecho terrible

que nuestros banqueros no puedan comprenderlo

el mundo estaría tranquilo

llamaríamos a sus puertas sin temor argumentando

"diez es igual a diez mil

diez es todo lo que me queda

Aquí los tienes No te debo"

Pero nuestros banqueros no entienden de filosofías

su aritmética es infame

y en eso se asemejan a los urinarios

Detén extranjero tus pasos para que admires la obra

de nuestros banqueros y nuestros urinarios

Une tu voz al coro de alabanzas a todo lo que ríe

porque ha caído

y desconoce el tormento de las profundidades

Y está lleno de razones

Y de colillas

3339.gif

Las Pelucas Delirantes, la poesía de la Generación 80 dominicana (Antología crítica). Selección, prólogo y notas de José Alejandro Peña
ISBN 0-9768868-4-7
267 Páginas
Precio $24.50 (con gastos de envío incluidos).

124 Meadow Drive * Scott Depot * WV 25560 .-Estados Unidos.-

***