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Víctor Bidó

(Santo Domingo, 23 de Mayo de 1959)

 

    Libros Publicados: Cuaderno de Condenado ( Biblioteca Nacional, Colección Orfeo,1986), Poemas de la Tortuga (1994), Suma Presencia (2000)

EPILOGO DEL RUGIENTE

 

¿Hay modo alguno de ventilar

esos graves designios?

La escritura puede ir más cerca,

un poco más a seguir días,

mirando la torcida calle

por donde las gentes guardan

sus envidias y discordias;

verlos sonreír fofamente,

anhelando ocultar su propia oscuridad.

¿Qué será del viejo rugiente?

Ese viejo ser de mínimas hierbas,

atolondrado,

hilachándose por alcanzar

dos calles al sol;

confiando que en sí se abrirá el abanico,

se morderá el impúdico labio

de una extraña.

No opina sino descarga,

grita anidándose en su imaginación.

Dejando pasar lo que nunca

se atrevería a repetir.

Camina por la calle agujereada de luz

apretando el paso cuando el miedo

corta su paz.

Sigue así como un carbunclo,

como un animal precioso que nadie toca,

que muchos han herido,

batallador de una sola guerra,

el mismo en las múltiples edades,

en la misma cárcel del sueño

su espada,

el verbo que se olvida,

fugaz como un blasón

que está enterrado

bebiéndose el agua.

Va el rugiente cancelando

su voz por sostener un castillo de cielo,

un perfecto ademán,

un amigo

como una cabellera amarilla en la cartera.

Ruges y no te oyes,

saltas y eres inmóvil.

Milagros esfumándose

en el designio verdeante ventana.

Gracias y desengaño

viene

y un carajo

es un justo prendedor

en la noche que nadie

le importa mitigar.

 

                                                 {Cuaderno de Condenado}

 

 

Elegía de la madre que se va

 

El hueco llama desde el rondo

y mamá se va de viaje

y mamá llora desolada.

 

El silencio aguarda las lágrimas

y he de contemplar las atribuciones.

Quedo sacrificado al deseo,

atónito ante la impotencia

o el cuerpo herido de mi cuerpo.

 

Los puños se crispan y de ellos

una llamarada, una cuerda oscila

entre el pasado y mi derrotado presente.

La cuerda me llama a la consumación,

en su anillo un torrente de madres

crujen como un cristal.

Yo tan inane vuelco la desgracia

con un golpe en el aire,

como una imprecación baladí.

 

El hueco llama desde el rondo

y mamá se va de viaje

y mamá llora desolada.

 

¿Cómo abrirme las venas pobladas de sollozos?

¿Cómo no herir el ojo indiferente?

 

Hay tanto dolor en una madre desolada,

tanta la violencia que morir es una ofrenda.

¿Cómo batir el impulso cuando se desgarra el alma?

Estas piedras son testigos,

piedras encendidas que se pudren

de tanta angustia.

 

Ya sabrás mi cuerpo el dolor

de una madre que llora desolada.

 

Lo peor, ver partir a mi madre

cuando el hueco llama desde el fondo

 

[Poemas de la tortuga]

 

 

Monólogo de la tortuga I

 

Es un caparazón como el cielo mi espalda

y mi pecho siempre contra la tierra, puedo

esconderme en el cuando la incertidumbre

me cobija, cuando los fuertes amenazan ahogarme,

sin embargo me ahogo sin morir, más los tiempos

no me olvidan, y sigo lentamente mis cavilaciones.

Muchas veces, como un sofista, retozo con mis

creencias hasta más no poder y siento una biografía

celeste en mis patas.

 

Soy milenario.

 

Me río irónicamente del drama de los hombres.

Paseo por el Nilo, Grecia, Cataluña, París, Santo

Domingo o Moscú; para mi ningún sitio es lejos.

 

 

 

Oda a la mujer

 

Mujer,

desde tu ventana se ven las espadas marinas

de los enamorados perforados en la guerra,

ellos traen torcidas armas que jugaron a los

naipes del cielo, sin sentir la muerte en

sus sombras cruzaron el ala nocturna: ellos

devuelven el sudor amado de tus brazos, el

reír hambriento de tu pecho

como ráfagas de fruto en el corcel de la

mirada de un niño feliz y muerto.

 

Mujer,

saludos, palmadas, retiro, memoria de abejas,

cristal de niña de furia dejan en los abalorios

aquellos que sacrificaron la esperanza

para darte la vida en la brevedad de la

caricia. Oh, eres: verdor del trueno en los

campanarios del verano, en ti esta el humo

de tus amados muertos.

 

 

[Cuaderno de Condenado]

 

La morada

 

En la ventana el cigarrillo

con el hilo azul de la moratoria.

Opuesto al otero y a la infancia

busco el Tao.

Posiblemente la volátil sensación del alma

en el inmueble de las donaciones.

 

El ojo en el cadalso.

 

Lo inexplicable salva el mundo.

 

En la calle los automóviles

y la sonrisa puntual del reloj

y, como una muchacha desengañada,

la tarde campanea por las paredes.

La siento como un anatema en la memoria.

 

(Cierro la taza la hierba y la esquina

como un precipicio)

 

El mito resurge y saquea.

En la lluvia se pasea el instante

y no percibo los muertos de mi genealogía.

 

Un salto, el cigarrillo ha quemado

el borde de la ventana; estornudo

y una mujer junto a la puerta.

 

¿Cuál será mi morada?

 

                                                   [Suma presencia]

124 Meadow Drive * Scott Depot * WV 25560 .-Estados Unidos.-

***