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Fernando Valerio Holguín

(República Dominicana, 1956)

Narrador y ensayista. Estudió literatura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y se doctoró en la Universidad de Tulane. Actualmente, trabaja como profesor de literatura y cultura afro-caribeña en la Colorado State University. Ha diseminado sus cuentemas y poemas por revistas, periódicos y antologías de la República Dominicana y del extranjero. Asimismo, su nómina de libros publicados incluye: Viajantes Insomnes (cuentos, 1983), Poética de la frialdad: La narrativa de Virgilio Piñera (ensayo, 1996), Arqueología de las sombras: La narrativa de Marcio Veloz Maggiolo (ensayo, 2000) y Memorias del último cielo (novela, 2002), Autorretratos (Poesía, 2002)

autorretrato a los treintiséis

 

sospecho que he padecido durante mucho tiempo estos sueños rojos y fríos. como un ventrílocuo escucho mi propia voz que me habla desde fuera y me humilla los huesos

 

sospecho que me he desangrado, fumando en silencio bajo esta luz estridente. sospecho que te he amado a sangre fría en los atardeceres malva de Bloomington, Málaga o Santo Domingo, poco importa

 

¿por qué no habré entonces -como un aprendiz ebrio- balbuceado algunas palabras de las que hacen brotar la sangre?

 

me temo que sea demasiado tarde: el mes próximo cumplo treintiséis años y el encierro comienza ya a pulirme los huesos

 

es todo cuanto tengo que declarar

 

 

Amantes

 

hay un Tiempo que apenas nos pertenece

un Tiempo que habitamos en la fuga

contra el graznido del cuervo y su ala triste

un Tiempo que nos define en el reverso de la

sospecha y de la fiesta innombrable

 

este Tiempo nuestro se piensa a sí mismo

y nos consume como un fuego, en la espera

vertiginosa

en arreboles de encuentros y desafíos

donde la palabra importa menos

que la mirada en la carne

que se sabe amada

 

no esperemos a que nos tiendan una celada contra el alto muro de la noche enemiga y entonces sea demasiado tarde

no dejemos que las máscaras

nos impidan alcanzar la montaña y su amplio cielo no permitamos que nos arrebaten este Tiempo hecho de agua cotidiana y ternura

que plagiamos en la prisa

 

porque este Tiempo huye con nosotros hacia la carne hacia el vértigo en la fuga

hacia un torrente de sangre en las sienes

para que al fin pueda ser nuestra la dicha de sabernos en la eternidad de un instante

 

 

autorretrato a los cuarenta

 

 

deseo declarar las incontables, sucesivas muertes de mis cuarenta años y la redundancia de lunas y palmeras que pueblan mis días y atardeceres frente a Sans Soucí

 

quiero contar -y el tiempo se me hace voz en la garganta- las imnúmeras peripecias, desvaríos de los días trocados en miedo y de las noches como arrecifes frente al mar quiero aclarar la disonancia del arrepentimiento en las palabras y el aire tibio de estas algas milenarias

 

quisiera hablar -y no puedo- de las horas en que mustios lloran mis huesos arrimados a un almendro quisiera contar -y no tengo el valor- los años transformados en ficción los árboles violentos de pájaros y hojas muertas amenazando los límites del sueño podría decirte -y sé que miento- que he adjurado de la fascinación por los rincones oscuros de sangre

 

quisiera decir heliotropo y ascienden del sueño a la memoria como los cielos de septiembre las anémonas furiosas que tanto odié se parece tanto al infierno, la memoria de estos días traslúcidos, insondables, que quisiera -de pronto- ponerme a hablar de la dicha y no tengo -he perdido- tu boca, oh muérdago celeste

 

quisiera, tendría que aceptar simple y diáfano el dolor que traspasa los días como una bala en el paladar de este cielo inmenso del Caribe

 

 

inutilidad

 

 

profesar la profunda vocación por las cosas inútiles escuchar el crujido de huesos en la noche, de los que aman, y como yo, están solos colocar piedras en los días más turbios y de mayor desconsuelo descifrar la música, la más inútil entre las artes inútiles del tiempo -después de la palabra-

 

pensar la ficción de tu voz y sentir que se deshace tu cuerpo temblando bajo mi mano no hacer nada por la vida, nada de lo que pudiera sentirme si no precisamente orgulloso al menos contento y fumar contemplando el mar con los ojos llenos de palmeras

 

mendigar una limosna al transeúnte que pasa y mira impasible la maravillosa invención de mi dolor, una de las tantas formas de la geometría inútil de mi existencia

 

arrastrar piedras, tal vez insistiendo en la profunda invención de tiempo, dolor y palabras hasta que ya se hayan agotado todas las cosas inútiles del mundo, hasta que ya no encuentre qué hacer con mi vida y entonces reciba el aplauso glacial en la sien por haber, entre otras cosas, recién inaugurado el silencio

 

(me duelen tu voz y el silencio

de los crepuscularios,

arrepentidos

sueños de entonces)

 

 

grito

 

en la noche vertical de tu sueño, un grito parecido al mío -y no es mío- atraviesa el mar incesante, sangran las piedras calcinadas, la luna de Sans Soucí se repite como un verso

 

suspendida la palabra en el grito de tu noche inaudita, estalla la visión fugaz de las sombras que no regresarán al amanecer y en una distracción de Dios tus manos tampoco podrán detener el viento verde devastando la ciudad anclada en tus ojos, no podrán detener los pájaros atravesando tu insomnio como un grito

 

en la noche vertical de lunas y espejos danzarán las sombras su danza fatal y entonces no me reconoceré a mí mismo, verde y famélico, metafísico, desgastado como las piedras en la playa

 

en la noche vertical, un grito parecido al tuyo -y es mío- caerá en el estruendo del mar como una proa que no cesa, suspendidas las horas

 

grito luna ola espejo, son tuyas estas manos calcinadas tan parecidas a las mías, son tuyas estas manos que sangran alquitrán en la piedra

 

suspendido mi grito en plomada sobre tu noche de ola luna espejo, las sombras jamás regresarán a tu verde ciudad de cal y canto, la ría del puerto te habrá robado para siempre la palabra

 

 

autorretrato bajo la lluvia a los cuarenta y tres

 

hoy cumplo cuarenta y tres años -como una condena- y no he tenido tiempo para ocultarme del viento furioso de septiembre y su tenebrosa sinfonía en los árboles; no he tenido tiempo para escapar de la catástrofe de prismas que resbalan en el ala del cuervo

hoy cumplo cuarenta y tres años, y avanzan los cuervos enlutados por calles y avenidas; ya han ganado -racionales, astutos- la Plaza y sé que no pasará una hora sin que alcancen las altas barandas de mi silencio

 

cumplo años y no he podido -o tal vez nunca quise- considerar el estropicio de palabras desatadas desde siempre contra mi alma, como una conspiración celeste; no he querido -o quizá nunca pude- aceptar mi libertad condicional, porque de alguna manera siempre supe que los graznidos vendrían a perturbar mi sueño

 

cumplo mi condena sin atreverme a pensar el llanto, ni el niño de tres años que me llama desde la casa vacía o que acaso no exista o desde el patio y su algodonero de nieve tórrida para escalar al cielo

 

hoy cumplo años y el niño también cumple años -tres- y me llama con sílabas ininteligibles "jo-pan", como si fuera yo el padre que nunca tuvimos, y me ofrece en sus manos un muñequito de plástico, ordinario, como regalo de cumpleaños y llueve en el patio de cieno y llueve en el recuerdo y los dos celebramos en la casa que ya no existe, porque de alguna manera somos la suma de una cifra que aún no logro entender

 

 

boceto del dolor

 

                                                                 A César Vallejo

 

vengo a hablar del dolor. vengo desde entonces sangrando en silencio. y hace ya tiempo que vengo desde lejos para hablar del dolor, para decir que me duele la vida a un costado. y aún sigo sangrando

 

vengo a mostrar mi dolor, abierto y supurando amaneceres. vengo a declarar mi lucha cuerpo a cuerpo con la muerte, desde hace ya tanto tiempo. vengo a llorar cobarde bajo la lluvia, a continuar desangrándome bajo la lluvia. vengo a llorar y a desangrarme bajo la lluvia

 

vengo a cantar mi dolor frente a un público sin rostro, implacable. suplico el aplauso y una bandada de pájaros atraviesa espantada el silencio. pido entonces la palabra y sólo se oye cómo duele la lluvia al caer desde los rincones oscuros

 

vengo abatido y ya para entonces ciego de dolor. y no alcanzo a llegar, vadeando un río de sangre a la cintura. vengo inútilmente a este tribunal de los sueños, a encontrar mi condena ya cumplida

 

 

Autorretrato con alces en Pingree Park

 

 

me sorprende verme a mí mismo en este paisaje de cumbres al pastel y difuminados pinos y alces que pastan el rocío en la brizna

 

suspendido entre la bruma y los desfiladeros rocosos de este paisaje nórdico, siento vértigo, siento frío. me asfixio lentamente entre el alto cielo y las cumbres nevadas

 

un alce levanta sus ojos y me mira como si fuera yo de otro mundo y entonces me exige que hable, y trato de descolgarme por una escalera de niebla entre los abetos para decirle que no puedo, que mi voz se quedó, hace ya mucho tiempo, madurando entre los nísperos, allá en las Islas de fuego

 

y otro alce pasa corriendo y me pide que guíe en tropel por los trillos la manada, -y no puedo- no quiero ser sino líder de la flor y el rocío, líder del pasto y la lluvia, del crepúsculo malva, líder del viento y su queja entre los árboles, líder de nadie, ni aun de mí mismo

 

y otro alce de ramas secas en la frente me suplica que sea entusiasta y dinámico y me atreva a seguirlo por los blancos picachos, y apenas si puedo respirar este aire tan fino que parece transparente y me quedo flotando en la niebla, sobre los pinos más callados, con la memoria vegetal quebrada y sin entusiasmo para otra cosa que no sean las tardes frente al mar, las mañanas del sábado, las mágicas palabras, las sonrisas de quienes quiero y me conocen

 

y una manada de alces pasa y me muge con sus caras de burro pleistocénico como si fuera yo de otras eras y me suplican, me piden, me exigen, que hable, que corra, que me descuelgue de la neblina triste y no puedo -ni quiero-, me rehuso a perderme en el mugido y la manada

 

 

la noche

 

                     ...en la noche de Legbá suelta los perros del deseo.

                                                       Tomás Hernández Franco

 

 

ya se acerca la jauría desaforada

ya se acerca

es Dambahalá Oueddó

que ha soltado los Perros del Deseo

 

los perros arrecian sus ladridos

en semitonos disparejos

 

(siento tu carne tibia y salobre, el vello luminoso

en mi lengua,

el sabor a mar y almejas y cielo del Caribe)

 

un perrazo amarillo aúlla y otro gruñe y me miran

desde el fondo de la noche con sus ojos

de cristal azogado

 

(mi boca devora tu cuerpo, que se abandona

al grito y al espasmo)

deja que arrastren mi carne

con su baba copiosa,

Oh Dambahlá Oueddó

para poder escapar de la muerte

que ha venido a esperarme

 

(mis ojos de cristal azogado

buscan tu carne salobre)

 

la noche huele a sangre

y el deseo es una jauría desaforada

 

 

domingo

 

odio las máscaras

del domingo

me degüello

y me repito frente al espejo

y sonríes

 

dibujados en la sorda agonía

un horizonte de techos

y una ermita

y árboles

y el polvo de los caminos

 

no nací para el día luminoso, cansado,

como la sangre en mis labios

o como el veneno del vértigo

y el hastío

 

odio el recuerdo

del domingo

y el antifaz de amaneceres y navajas de luz fría

 

masturcidio

 

me alegro

de levantar cada mañana un puñado de huesos

y arrojarlo al polvo de los caminos

mientras se dicen los "buenos días" reglamentarios,

la voz anestesiada

por el alcohol y el silencio

 

me alegro del masturcidio de anoche

-y tu rostro de cejas oscuras

se me escapa-

 

me alegro, sin duda, de mis plagios más entrañables

o de un bar cualquiera

del olvido

y tus rosas fragantes

 

me alegro de que dure tan poco la vida

en estas noches malvas

de Bloomington, Indiana

124 Meadow Drive * Scott Depot * WV 25560 .-Estados Unidos.-

***