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Frank Martínez

Nació en la ciudad de Santo Domingo, República dominicana, el 30 de marzo de 1965. Poeta, narrador, ensayista y antólogo. Su obra poética ha sido premiada en certámenes nacionales; como poeta, sus publicaciones incluyen: “La Vigilia de las flores” (1989), “Cenizas del Ocaso” (1994), “Presagio del olvido” y como compilador: «Juego de imagines: antología de Jóvenes poetas dominicanos 1980-1995» (1995). Ha rendido una significativa labor dentro de la tradición de los talleres literarios de su país, co-fundador del Taller Literario Parnaso (1986); coordinador del Taller Literario de la Pontificia Universidad Católica PCMM (1988); participó, además, en la dirección del taller literario Juan Sánchez Lamuoth (1990), así como a otros importantes espacios de trabajo: el Taller Literario César Vallejo y al grupo Federico García Godoy.

Muestras de su poesía han sido incluidas en la antología caribeña “Los nuevos Caníbales V.2” (2003). En la actualidad reside en Nueva York y trabaja como cordinador de intercambios culturales de “We are Harlem”.

INSOMNIO

 

Toco con familiaridad la escalinata,

lugar habitado desde hace siglos por residuos de líneas cóncavas,

contemplo más allá de la cerradura una noche irreversible,

la abundancia de un reloj y su combustión en vilo

y el azar del límite en un mantel como quimera.

 

Los pasos reiteran en el umbral las preguntas sin respuestas,

el desastre que impera en cada forma.

 

Otra vez volveré a descorrer los muros,

a visualizarme en los grabados,

en el paraguas que sólo por descuido abandoné en el patio.

 

Un guiño de luz revela un mundo más vasto y solemne.

 

Echo andar, el pijama es un estorbo,

alguien olvidó apagar un cigarrillo

y un pájaro se incendia en el cenicero.

 

Supongo que es temprano para hacer milagros

y describir los rasgos de una muchacha que invadió mi pesadilla,

definió su rostro en el desván,

indagó en la silueta de su imagen algún secreto

y regresó a la esencia de una rosa.

 

Entonces recupero los sentidos,

recupero el equilibrio que me devuelve al licitador que seré mañana,

cuando no vea a través de mis ojos escalinatas

ni peces en medio de la sala alucinando en la gravedad del agua.

 

 

FIEBRE

 

Degradada la alcoba flotan unos pasos que vindican

figuras redundantes,

ascienden calambres que serán continuidad

o adivinanzas con su don de alquimia.

 

El sonido enciende vapores innombrables,

abrevan la distancia los caballos de la tarde

como niño asomado a la ventana,

mientras en disoluble demasía envejecen las paredes

en la escala sideral de los volúmenes.

 

La respiración mezcla los detalles,

donde hubo voluntad

una acumulación de conjeturas prorrogan las imágenes,

vencidas manchas de vino y discordia sobre un lienzo.

 

Ruego por un espacio,

por una receta de elaboración casera,

un zona a orillas del tacto y la cabeza para irme a reposar

después de recoger las flores de los visitantes.

 

Tal vez es hora de asumir la fiebre

como la forma más benigna de entregarme a la vigilia.

 

 

 

 

CLAUSTROFOBIA

 

Se detiene la sangre en una porción del espejo.

 

Temo ser parte de la oscuridad a deshoras,

parte de la sombra cuando asume la postura de un hombre moribundo,

tal vez a ser parte de la naturaleza que en este instante

se niega a compartir porque la habitación es breve,

la palpo sin nombrarla y son verdaderos estos dedos míos,

verdadero el eco con el que averiguo el niño que se esconde

dentro de mi pecho.

 

Se disipa la lejanía de los muros

mientras leve es la respiración que ahora, en este preciso momento,

alcanza la penumbra.

 

Los pensamientos apuran la inconciencia.

 

Carezco de memoria para escuchar la noche,

el sopor zurce mi tos a la ventana,

la oscuridad restituye la fascinación de un dios que se agota en los rincones.

 

Las paredes inician en mis pulmones

y se repiten en sudores, en tropiezos, en sombras interpuestas,

en el aluminio de una voz que revive las palabras,

luego se prolongan hasta la sangre,

hasta la arritmia del silencio ambiguo,

cruzan el patio de las casas sin relámpagos

para volver sobre la piel y la garganta

y la dilación de un temblor en mis rodillas.

 

Cada centímetro de bruma ahora es ilegible

como si siempre hubiese estado atrapado en una esfera.

Aún no he muerto, lo sé y más allá de este instante

la vida continúa.

 

 

INSOLACIÓN DEL TACTO

 

Se apaga lentamente el ojo en la recámara.

 

En el ángulo de un abrazo a ciegas

palpo un candelabro incuestionable,

una lámpara de cascabel relampagueante

y el inicio de una silla relegada al tiempo

donde ha permanecido intacta,

palpo mis manos mientras recreo en cada roce un universo.

Si el invierno asoma a la ventana

camino a través de la habitación a la deriva, sin distancia…

-sólo tiene distancia lo que tiene infinitud y olvido-

 

Alguien llama a mi puerta y debo adivinar un rostro,

una voz que reconozca la penumbra en la que vivo.

 

Mañana por la mañana romperé todos los libros

y levantaré una pared como torre de babel en cada cosa poseída,

la pintaré de orbe hasta casi doblegarla,

entonces veré la luz

y conoceré la superficie y el color del fuego,

conoceré la deidad que vislumbro desde niño

cuando jugaba al exilio y no me detenía a escuchar el himno.

 

Ausente la longitud ya no trascienden los objetos,

su encarnación a través de ordinogramas y máscaras.

 

La conversación en torno a Dios

sería la forma más benigna de eludir el miedo

y de suprimir las pesadillas.

 

Palpo mis cosas y una fragancia a elixir invade la fruta

que comeré algún día,

si el moho no la acosa antes que mi boca experimente su sustancia.

 

Alguien me invitó al suplicio de la carne,

a deshacer la oscuridad que me ha vuelto un hombre bueno,

pero el tiempo es breve

y aún la noche no me ha revelado todo.

 

Aún a oscuras... Amanece.

 

 

AMANECE

 

Te contemplas y me contemplas

instantáneo amanecer en la necrópolis,

piedra, a piedra me muestra tus dedos y una aurora,

el racimo hexagonal de las reliquias

y unas nubes como sombras de granizos.

 

Ha pasado algún tiempo,

antes sólo era un puñado de pájaros

y unos árboles para iluminar el firmamento,

ahora eres tierra y mausoleos.

 

La armonía no tiene espacio en los suburbios,

la cúspide es una iglesia a la que habremos de asistir

despiertos o simplemente inmóviles.

 

Tiempo no hay para llorar por los caídos,

todo en ti es deserción,

añoranza de un exilio más antiguo y solemne

que el que me muestra tu apariencia.

 

Te contemplas y me contemplas

porque hemos sangrado tanto que se funden mis labios

con tus manos delatoras.

Pasado el día seremos los mismos enemigos

procurando continuar nuestros caminos

para no sentirnos solos, para no sentirnos eternos.

 

 

 

 

SI FUERA UN ALEJARSE DE MI SOMBRA

 

A Rafael Hilario Medina

Nueva York, 12 de agosto de 2003.

 

Si fuera un alejarse de mi sombra, de mi cuerpo,

de mis dedos uno a uno disperso como piedras

y verme desde el cielo raso fragmentado sobre la cama

y escuchar a los que llegan a unir a retazos mi memoria

y llorar porque es la única forma de sentir consuelo

y sufrir para reintegrar el miedo a la muerte que les

tocará algún día.

 

Si fuera el regreso como la partida,

volver la vista atrás y abrazar a los que aún te aman

y poder unir mis huesos

y verlos recobrar la luz de la bombilla

y la carne como un animal en adulterio arrancarla de los sueños

sin pronunciar palabras, sin resabios...

y recoger mis pertenencias,

las cosas que a pesar de la ausencia permanecerán intactas

colgadas en la pared o simplemente en un rincón a oscuras.

 

Pero no hay sombra, ni techo, ni lágrimas lloradas,

ni un cuerpo al cual regresar para restituir la vida.

 

 

FICCIÓN DE LA AUSENCIA

 

Llegarás como si no fueras tú mismo,

la noche proyectada junto a la sombra te cubrirá de arena.

 

Verás la cama en el instante de recobrar tu inexistencia,

el espejo, inflexible ante los sueños de un rostro

de escasas posesiones, la mesa inaccesible

en invisible laberinto encumbrada ante tus ojos.

 

Inventarás excusas y en un golpe de agudos labios

ofrecerás tu cuerpo a la inmensidad del aire.

 

El filo de un cuchillo cortará tus venas.

 

Al fin te arrojarás inmóvil sobre tu propia sombra,

mientras el tiempo se insinúa en un letargo de figuras.

 

 

ESTOY SÓLO

 

Estoy sólo y busco en el espejo una puerta

y un ojo al cual disculpar por verme desde el antiguo rincón

de su inconsciencia.

 

Inquiero una boca a la cual ofrecer mis lágrimas.

 

Estoy sólo y averiguo el pájaro que crece como hierba

tras la noche sumergida en el vaso que romperé mañana.

Estoy sólo y el otoño retiene las promesas en los cristales,

apenas escribo y pienso en la lectura como el último recurso

para sacarme toda la amargura.

 

Si acaso algún día tengo compañía

compartiré mi féretro y la sangre que un cuchillo apaciguó en mi cara,

compartiré la puerta y el espejo y el ojo

que pese a todo aún presagia en la oscuridad toda mi amargura.

 

 

POCO ANTES DE VIVIR

 

Volverás sobre tus propios pasos,

el filo de la noche más blando y voraz que las palabras.

 

Poco antes de vivir te reconocerás a ti mismo

esbozo de tristeza al acuciar el sonido su incierto crucigrama

cuando nadie hay que llame a la puerta

ni una mano suprime la vigilia.

 

El olvido apresurará tu salto labrando el deseo ingrávido en tu cuerpo

y no verás la infancia, hoy cuando apenas eres nada

y dirás a todos tus heridas

y cubrirás tu cuerpo no sé con que tormento o podredumbre.

 

Volverás sobre tus propios pasos una noche vengativa

y apagarás la luz que no presientes

y quedarás dormido envuelto en extrañas confidencias

que recordarás mañana.

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Las Pelucas Delirantes, la poesía de la Generación 80 dominicana (Antología crítica). Selección, prólogo y notas de
ISBN 0-9768868-4-7
267 Páginas
Precio $24.50 (con gastos de envío incluidos).

124 Meadow Drive * Scott Depot * WV 25560 .-Estados Unidos.-

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